“Sueños Desatados”
El vivir bajo la ocupación militar israelita no es exactamente fuente de inspiración, sobre todo cuando le niegan permisos de desplazamiento a tu personal, así que tú tienes que pasar una hora haciendo cola en un puesto de inspección militar, sólo para ir a la oficina de correos; cuando uno de los candidatos para la posición de asistente administrativo te exige recibir un salario varios cientos de dólares más de los salarios locales, tan sólo porque ha trabajado en un proyecto internacional; cuando se pierden tus records financieros cuando confiscan una computadora; y cuando tu hija de cinco años te pide tu carnet de identidad para “dejarte pasar” de la cocina de la sala.
El lunes, me hacía falta un poquito de inspiración, así que me fui, junto con mi colega Saeeda, a Burqa—una aldea palestina de alrededor de 6.000 habitantes que queda al noroeste de Nablus en el territorio palestino de la Ribera Occidental [Cisjordania], ocupado por Israel. Burqa es uno de los 5 pueblos que la Asociación Dalia ha elegido para su proyecto piloto de “Mujeres Apoyando a Mujeres.” La población de Burqa es bastante pobre y sufre todo tipo de atropellos y restricciones debido a su cercanía con varios asentamientos colonos israelitas. Llegar a Burqa no es fácil; el paso está controlado por puestos de inspección militar. Por ello, las organizaciones locales e internacionales que prestan servicios a los palestinos rara vez proveen a este poblado de la asistencia necesaria.
En la oficina de la Sociedad de Mujeres en Burqa, las mujeres nos saludaron con tres besos—en la mejilla derecha, en la izquierda y otra vez en la derecha. Alrededor de 15 mujeres estaban sentadas en un balcón de concreto, hablando de sus familias y de la política del pueblo. Tenían montada una exposición y venta de artesanías y productos de alimentación, pero no había ni un comprador a la vista. Nos enseñaron la oficina, la cual incluye un cuarto en donde funciona un salón de belleza y una cocina en donde se enlatan productos—actividades que generan ingresos para la Sociedad de Mujeres.
Una vez terminado el tour, nos sentamos en un cuarto de techos altos. Sobre la pintura desconchada de las paredes había papeles pequeños pegados con cinta adhesiva, mientras un ventilador giraba en lo alto del techo. Nos sentamos a hablar con Amira, Nadia y Zeinab, las tres mujeres de Burqa que trabajan en el proyecto de “Mujeres Apoyando a Mujeres.” Estamos en el octavo mes de un proyecto de nueve meses, que trata de desarrollar la capacidad de las mujeres para movilizar recursos e iniciar cambios sociales, pero las actividades planeadas no han comenzado todavía. Sin embargo, algo mágico está ocurriendo y nosotros queríamos que ellas nos ayudaran a entenderlo.
Los primeros meses del proyecto nos habían ido bastante bien. Con nuestra franqueza, habíamos logrado establecer buenas relaciones en la aldea y ganarnos la confianza de la gente—cosa nada fácil en la cultura oportunista que se ha desarrollado desde que el tratado de Oslo derrumbó a una sociedad llena de esperanzas, con falsas promesas de una inminente creación del estado palestino. Luego, habíamos reunido a las mujeres en cada pueblo para que eligieran a sus líderes. De cada uno, surgieron entre cuatro y diez mujeres que se postularon ellas mismas o fueron postuladas por otras para representarlas en nuestro proyecto. Así que se eligieron tres mujeres de cada aldea y nos reunimos varias veces, con las 15, para discutir sus ideas, habilidades, recursos y prioridades.
Pero hasta ahí llegó todo. De ahí en adelante fue como si hubiéramos tropezado con una pared.
Cada vez que Saeeda regresaba del campo, decía que lo único que había encontrado era un grupo de 15 voces cantando a coro por dos horas: “No hay dinero. No podemos hacer nada.” No estaban acostumbradas a valuar recursos locales, y ni siquiera a verlas.
Pero nosotros volvíamos para animarlas a pensar de otra manera, preguntándolas de nuevo: “¿Cuáles son sus prioridades? ¿Qué les gustaría conseguir para sus aldeas? ¿Qué pueden hacer?”
Y la respuesta era siempre la misma: “No podemos hacer nada.”
Así fue, una y otra vez.
Al cabo de cuatro meses de “No podemos hacer nada,” se habían acabado nuestras ideas. Al comité del proyecto también se le habían acabado las ideas. Todo el mundo parecía estar convencido de que, de hecho, “no hay nada que podamos hacer.” Tuvimos miedo de que fracasara el proyecto.
Según nuestro análisis, parte del problema fue la “industria de desarrollo” (la cual había surgido a raíz del tratado de Oslo) que debilitaba—y debilita—los proyectos a pequeña escala y el uso de recursos locales. Así que dividimos a las mujeres en tres grupos pequeños y les pedimos que escogieran un proyecto para el cual nosotros contribuiríamos con $1 (hasta un máximo de $2.000) por cada dólar que ellas pudieran conseguir en contribuciones locales.
En una expresión repentina de certeza, las mujeres declararon, “Como grupo tenemos más peso y lo que queremos es construir un parque.”
¿Un parque? ¿Con $6.000?
Me entró el pánico: “¿Realmente hay algo que podemos hacer?”
Pero seguíamos. Seguíamos tomando taxis para hacer el mismo recorrido de 2 horas, con choferes manejando como locos y con pasajeros que nos echaban el humo de los cigarillos en la cara o empezaban a cabecear en nuestros hombros. Cada vez, pasábamos por las mismas intersecciones que van hacia importantes ciudades palestinas pero que están señalizadas sólo en hebreo, identificando los asentamientos israelitas cercanos. También pasábamos por los mismos puestos de inspección militar donde soldados israelitas, de alrededor de 20 años, apuntaban sus armas automáticas a nuestras cabezas.
La tarea era difícil, pero creemos en estas mujeres. Así que, a través de identificar y valuar recursos locales, logramos encontrar a un planificador de Nablus que no sólo estaba dispuesto a trabajar por casi nada, sino que también estaba sumamente entusiasmado con la idea de participar en lo que le pareció una tremenda iniciativa.
En una sesión de intercambio de ideas, retamos a las mujeres.
“¡Sueñen!”—les dijimos.
Al principio, las mujeres se notaban incómodas. Pero después de un rato la resistencia cedió, como si fuera una represa que se hubiera abierto.
“Yo quisiera un piscina,” dijo una de ellas en voz alta con una risita tímida, cubriéndose la boca, como si estuviera avergonzada de haber compartido un deseo tan imposible.
“A mí me gustaría un teatro al aire libre,” dijo otra mientras miraba a su alrededor para ver si alguien se reía.
Y así siguió la lista:
“¡Un parque infantil!”
“¡Un área de picnic!”
“¡Una sala para fiestas de matrimonio”
“¡Una fuente!”
“¡Tiendas al detalle!”
No sé qué fue lo que les permitió a estas mujeres atreverse a soñar, por fin, y superar esa
mentalidad de “no podemos hacer nada” que las había protegido de la desilusión, frente a tantos proyectos irrelevantes diseñados por donantes y ofrecidos de aldea a aldea con una actitud de “lo tomas o lo dejas.” Sabían que la ocupación militar, la pobreza, la discriminación contra las mujeres, las facciones políticas y la comunidad internacional las mantenían paralizadas. Tal vez se atrevían a soñar porque sabían que sus sueños eran imposibles de realizar. ¡Nadie puede construir un parque infantil con $6,000! Era como un juego—y lo jugaban al máximo.
Pero cuando el planificador llegó con su equipo voluntario de estudiantes de arquitectura y con sus primeros planos, las mujeres se quedaron atónitas al ver sus sueños recreados en la hoja de papel.
“¿Eso hicimos nosotras?” dijeron sin poder creerlo.
El parque infantil se veía bello. Era un lugar en donde los seres humanos podían ser humanos; en donde los niños podían divertirse y aprender, en donde las familias podían ir a descansar juntos, donde se podían realizar eventos culturales importantes. Las mujeres vieron lo que habían creado y se les dio un nuevo apetito. Empezaron a cantar una canción distinta—una canción que decía “¿Qué podemos hacer para lograr esto?”
Entonces, se fueron a las asambleas de sus propias aldeas para pedirles un terreno. Quince mujeres campesinas, jóvenes y mayores, amas de casa y estudiantes, provenientes de cinco pueblos remotos, se habían unido en el empeño de perseguir un sueño. Los líderes de la aldea se quedaron asombrados ante esta situación tan inesperada, y empezaron a competir el uno con el otro para llegar a ser los “anfitriones” del parque. Cada aldea ofrecía un terreno—unos en alquiler y otros de gratis.
Una vez más, las mujeres se asombraron por el poder que tenían y empezaron a atreverse a esperar que pudieran construir un parque. Un ministerio local ofreció una ingeniera para evaluar cada uno de los terrenos. ¡Qué escena inolvidable! Dieciséis mujeres, más Saeeda, metidas en una camioneta, visitando aldea tras aldea, recibidas por los líderes de cada una de ellas y colmadas de atenciones. Sencillamente, ¡ellas mismas estaban decidiendo dónde construir un parque regional!
El mejor terreno para el proyecto quedó en la aldea de Jinisinya y pertenecía a la Autoridad Palestina. Uno de nuestros nuevos miembros de la junta directiva tenía una conexión personal (tan necesaria en los sitios donde las puertas principales están cerradas a la gente común) e hizo arreglos para que se le enviara una carta al Primer Ministro Salam Fayad. Sólo dos días después, le dio su apoyo a las mujeres para el uso de 7 dunums de terreno (alrededor de 2.5 hectáreas)—y, encima, gratis.
En eso nos llegó una llamada de un donante generoso de Jordania que había estado detrás de la Asociación Dalia para que consiguiera una aldea en la cual pudieran construir una biblioteca. A este donante le gustaba construir bibliotecas. Pero nadie nos había pedido una, así que no teníamos ninguna sugerencia que ofrecerle.
“Pero las bibliotecas son una cosa muy buena,” dijo el donante.
“Sí,” le dije yo. “Yo sé, pero nadie me ha pedido una.”
Le dije que teníamos un terreno para un parque de uso múltiple y que necesitábamos un parque infantil.
“Una biblioteca,” insistió.
“Lo que quieren las mujeres es un parque infantil,” le volví a explicar.
“Nosotros queremos una biblioteca.”
Fin de llamada.
A los pocos días, el mismo señor volvió a llamar con una oferta.
“¿Y qué tal si construimos tanto un parque infantil como una biblioteca en el terreno?”
“Trato hecho.”
A partir de este logro, las mujeres se dieron cuenta de que la gente quería ser partícipe de su éxito. Que quería contribuir. Que ya no importaba cuanto dinero tenían o no tenían. Que lo importante fue que podían conseguir recursos simplemente a través de conexiones estratégicas. Con este nuevo conocimiento, empezaron a ofrecerle a la gente a su alrededor la oportunidad de involucrarse en el proyecto. Empezaron por identificar mano de obra especializada—albañiles, carpinteros, plomeros—que tal vez trabajaran como voluntarios. Aceptaron un ofrecimiento de la oficina gubernamental de conectar el agua y la electricidad sin costo, y también un ofrecimiento de la municipalidad de prestarles un equipo de construcción que estaría en la aldea para otro proyecto.
El entusiasmo y la vitalidad se iban multiplicando exponencialmente.
Actualmente, el documento legal que rige el uso del terreno se ha detenido en una especie de comité, recién formado, para el uso de tierras. Los planes para recaudar fondos para el parque se están tardando mucho. Y la parte de nuestro proyecto que ya ha sido financiada está a punto de acabarse; le queda sólo un mes. Pero nadie está preocupado de ninguna manera. Nadie puede detener los sueños que se han desatado en cinco aldeas al norte de Nablus. Aún en el caso de que la Asociación Dalia se retirara del proyecto (¡lo cual no tenemos ninguna intención de hacer!), no cabe duda que las cosas se arreglarían de algún modo o otro para seguir sin nosotros. No podemos estar seguros de que el parque sea un triunfo, pero sí sabemos de que el proyecto lo es. Quince mujeres se unieron, y se apoyaron entre sí, para tratar de llevar a cabo algo “imposible,” tanto para ellas como para sus comunidades. Eso es un cambio social irreversible.
A lo largo de esta experiencia he aprendido a ser paciente y a esperar que la gente – la que ha sido oprimida por generaciones de ocupación, colonización y desposesión – se acuerden de cómo soñar. He aprendido a hacer planes para lograr el sueño independientemente de que cuán irrealizable parezca: porque la gente lucha por sus sueños, no necesariamente por metas percibidas como pequeñas. He aprendido a unirme a gente que quiere participar en el logro y a evitar que los derrotistas, sean “expertos” o no, les desanimen.
***
En cada grupo de mujeres palestinas con el que me reúno, siempre hay una a la que no puedo dejar de mirar. En Burqa, fue Zeinab. Llevaba puesto un vestido tradicional bordado, probablemente hecho por ella misma, y un pañuelo de cabeza floreado de color marrón y negro. Su voz era baja en tono y volumen. Tenía ojos verdes y grisáceos, permanentemente sonrientes. La sonrisa misteriosa de Zeinab daba la impresión de que ella siempre estaba conteniéndose, para que no se pusiera a cantar. Y de sólo verla, a mí casi que me daban ganas de hacerlo. ¡De hecho, escucharla habla era como escuchar una canción!
“Pasamos cuatro meses paralizadas, pensando que no podíamos hacer nada porque no teníamos dinero,” reflexionó. “Queríamos construir un parque. Necesitamos espacios abiertos en donde los niños puedan jugar, un parque infantil, un sitio para picnics y bodas, con piscina y con atracciones para niños. Desde el primer día que tuvimos esta idea, empecé a soñar con un teatro abierto donde se pudieran realizar eventos internacionales como el tienen en Jerash, Jordania.” Se calló, pensativa. “Ahorita me lo puedo imaginar en realidad.”
Es difícil sentirse motivado viviendo bajo una ocupación militar. Sin embargo, aquí estoy, entre personas cuyos rostros reflejan el dolor de generaciones de impotencia, ya experimentando la emoción de verdaderos cambios sociales. Sin duda, cuando empezamos a inspirarnos los unos en los otros, los sueños, incontenibles, comienzan a desatarse.
Por Nora Lester Murad, Directora Ejecutiva de la Asociación Dalia, Palestina


